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El testamento de Lenin*

Ramón Muñoz

 

Hoy, instalados en la perspectiva revolucionaria del nuevo milenio, con la reiteración de la fase terminal del imperialismo y la intervención revolucionaria de nuevas generaciones de jóvenes trabajadores, hastiados ante la falta de oportunidades, pero decididos a luchar contra el capital --convencidos de que en él se concentra la fuente explotadora que impide dar espacios a la libertad y dignidad humanas--, es conveniente acudir al pensamiento genuino de los dirigentes obreros más destacados para fortalecer, en lo magnífico de su sabiduría y experiencia, su convicción de construir un partido revolucionario internacionalista, en la consideración de que es la única herramienta para desarrollar la revolución socialista en el mundo.

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En ese sentido, El testamento de Lenin, coeditado recientemente por la Unión de la Clase Trabajadora y el Partido Obrero Socialista, es una obra básica para entender la génesis de la desviación estalinista, hasta convertirla en enemiga de la revolución proletaria. La concepción del partido de Lenin, reivindicada por la IV Internacional, es un aspecto toral en el debate de quienes participan en su construcción; de ahí que las páginas de este documento pueden ser leídas con un espíritu de recapitulación, en donde el contraste de la hegemonía burocrática sobre el auténtico bolchevismo, a la manera de un claroscuro, ya vislumbraba la medida de la traición posterior, que infligiría la III Internacional a los movimientos revolucionarios de varias partes del mundo.

El testamento de Lenin, acompañado por un análisis crítico redactado por León Trotsky, aparece como piedra angular para explicarnos el retraso en la construcción del partido mundial y la crisis del factor subjetivo que hoy —no obstante la madurez de las condiciones objetivas— exige redoblar los esfuerzos para preservar el legado teórico y metodológico de los bolcheviques, para enriquecer la acción revolucionaria donde ello sea posible.

 

El testamento y el partido

 

El conocimiento teórico que se exige a los nuevos luchadores, destacados por su actividad en un partido obrero incorporado en las tradiciones marxistas revolucionarias, debe incluir los libros clásicos más sobresalientes por su clarividencia y profundidad, capaces de explicar el gran proceso que significa la decadencia del imperialismo y la gran oportunidad que se abre al género humano de liberarse de sus cadenas y la explotación, a partir de la construcción de un partido mundial con raíces profundas en la democracia obrera.

Los revolucionarios de hoy deben obtener la documentación necesaria que les explique, justamente, el método de construcción del partido revolucionario. Tendrán que estudiar cada uno de los periodos más álgidos de la historia de la dirección bolchevique internacional y observar, con el análisis científico que provee el marxismo, el proceso contradictorio de la revolución en el mundo.

Acaso una de las partes que inquieta a los jóvenes revolucionarios es el fenómeno del estalinismo como pilar de la contrarrevolución y el imperialismo, así como su proceso de degradación, hasta convertirse en el factor que explica, de manera elocuente, el fracaso de la revolución en diversos países en donde ha existido oportunidad de cristalizarla. Esto sin dejar de observar a la perfidia y la traición como características fundamentales de la III Internacional, bajo el arrogante dominio de Stalin, borrando de paso los logros, en análisis y resoluciones, de sus cuatro primeros congresos.

En este sentido, las obras de Lenin y León Trotsky son una fuente de caracterizaciones que nos explican, con profundidad, la intervención burocrática de fuerzas sociales ajenas al movimiento obrero en la dirección del partido bolchevique y la Internacional bajo la dirección de Stalin.

 

Un partido construido por seres humanos conscientes

 

La construcción de un partido revolucionario para la toma del poder, es el acto que expresa el nivel más alto de conciencia de los obreros revolucionarios. Esta tarea se manifiesta en toda su intensidad, cuando se efectúa en un país signado por el atraso económico

En Rusia de finales del siglo XIX y principios del XX, concebir la idea de construir un partido para hacer la revolución socialista, requería de mucho análisis, elaboración teórica, paciencia y organización. Por ello, el partido y sólo el partido, era la obsesión permanente de Lenin.

Profundo conocedor de la estructura económico social de Rusia, Lenin tenía claras las cualidades extraordinarias que requiere un militante en el contexto de un país dictatorial, con rasgos feudales, una burguesía atrasada y con un aparato represivo que actuaba con efectividad y sin vacilaciones. La labor de seleccionar y desarrollar a los militantes más destacados para dar contenido a su concepto de construcción del partido, lo condujo por una arista de sensibilidad humana, en donde era imprescindible saber asignar a cada persona las tareas propias de sus capacidades y, sobre todo, tener una caracterización objetiva de los dirigentes sin caer en la apología, sin ceder a sus limitaciones.

La estructura del partido bolchevique expresa el andamiaje teórico y político de Lenin, pero también su profundo concepto de lo humano. Así, en él se revela la mano firme del estratega, capaz de prever y reajustar, en la misma acción, las consignas marcadas por las tendencias de la lucha de clases, sin dejar de ver el comportamiento de los miembros del partido y, sobre todo, la moral e iniciativa de su plana mayor.

Es necesario confirmar la imposibilidad de construir un partido para hacer la revolución obrera en el mundo, sin entender que los únicos que la pueden efectuar son los seres humanos conscientes, organizados en un partido bolchevique, armados con un programa revolucionario y decididos en la movilización permanente. La idea de un partido revolucionario confiado en las virtudes, pero crítico de las contradicciones, de sus militantes y elementos de dirección, proveyó a Lenin del concepto necesario para reconocer y pulsar sus fuerzas en la dinámica de la revolución rusa de abril a octubre de 1917.

Sin esta sensibilidad y confianza en sus fuerzas, Vladimir Ilich jamás hubiera entendido las tendencias y limitaciones de las movilizaciones de abril y el apresuramiento de las jornadas de julio del 17, en donde las características revolucionarias de la movilización de los obreros y soldados rusos estaban relativamente maduras en sus partes orgánicas, pero aún faltaba la decisión última, proveniente de la conciencia de hacer la revolución bajo la dirección del partido bolchevique.

En esta situación, aparentemente trágica, Lenin confirmó que un partido bolchevique con inserción en las masas era una especie de aparato nervioso que proveía cotidianamente de información, capaz de sugerir o hacer comprender en qué momento la cantidad se transforma en nueva calidad.

 

El partido y la indecisión en sus cuadros más destacados

 

Este conocimiento privilegiado de la dinámica revolucionaria, fue uno de los beneficios de la mirada profunda que caracterizó a Lenin y Trotsky, misma que los hizo coincidir en su apreciación de la madurez de las condiciones para la toma del poder en Rusia.

Pero, es necesario apuntarlo, no todos los componentes de la plana mayor del partido bolchevique entendían, con la perfección de Lenin y Trotsky, el avance y los pasos finos con que el proletariado ruso confirmaba la viabilidad de la revolución proletaria. El estudio de los diversos episodios revolucionarios de 1917 en Rusia ilustrará al interesado en el sentido de que no todo fue material para la épica, porque hubo barruntos de cobardía, deslealtad y traición en varias de sus partes componentes.

Por ejemplo, la mayoría de ellos no vieron, desde un principio, el proceso combinado de democracia y revolución socialista que aparecía, con interesante originalidad, en las movilizaciones tempranas de febrero de 1917, que culminaron con la caída del zar. No advirtieron el espacio colosal que se abría a los bolcheviques para desarrollar su programa de independencia de clase, cuando los soviets entregaron el poder a un gobierno provisional dirigido por una clase ajena, apoyado en un espectro de partidos burgueses y partidos obreros pequeñoburgueses. No sintieron, como Lenin y Trotsky, la ratificación de los planteamientos marxistas revolucionarios, con la puesta al día de la revolución socialista en un país atrasado. No reflexionaron acerca de la amplia posibilidad de tomar el poder y, a partir de ahí, llamar a los proletarios del mundo, sobre todo a los de los países más desarrollados, para que construyeran partidos revolucionarios y tomaran el poder.

 

El cultivo y preservación del partido

 

El conocimiento de los activos con que cuenta un partido obrero revolucionario, es condición indispensable para medir, de manera objetiva, sus posibilidades en una situación revolucionaria. En este inventario de haberes, sobre todo humanos, fue insuperable el conocimiento de Lenin. En él sabía desplegar los análisis y caracterizaciones más precisos, no exentos de intención flamígera en contra de los claudicantes y, sobre todo, de los detenidos en la duda y la cobardía.

¿Cuántos casos de este tipo observó como dirigente dispuesto a comprender objetivamente, que no a pasar por alto, a las debilidades humanas? ¿En cuántos momentos tuvo que optar por el rompimiento? ¿En qué situaciones fue capaz de regresar, generoso y con dignidad, a relaciones políticas que consideró, en un primer momento, irrecuperables?

Porque uno se imagina la agenda de Lenin repleta de nombres de personas con posibilidades teóricas, pero con dudas, presiones de clase y angustias existenciales, en donde la imagen mítica del "militante de acero" puede ser imperfecta y contradictoria, si nos atenemos a los errores cometidos por cada uno de los miembros del partido bolchevique, desde la revolución de octubre de 1917 hasta su trágica degeneración. Aquí no vale quedarse en la metáfora y las frases de resonancias apologéticas; es necesario ratificar la idea que el partido revolucionario se construye con seres humanos y no con elementos extraídos de los mitos, las leyendas o del mismo vientre de la Santísima Trinidad.

Pues bien, con este tipo de hombres Lenin construyó el partido bolchevique. Hacia este tipo de organismo político revolucionario se acercó un personaje con reflexiones y análisis independientes, que lo harían integrarse con Ilich en complicidad creativa y perspectiva internacionalista: León Trotsky.

 

La fragilidad partidaria y la revolución mundial

 

Por ello, ante la inminencia de su muerte, Lenin observaba con preocupación los giros e irregularidades en el partido bolchevique, a partir del control de su dirección por la troika: Stalin, Kamenev y Zinoviev.

Sus reflexiones no estaban guiadas por la confianza a los nuevos dirigentes, de quienes conocía su trayectoria y debilidades. Atrás, como telón de fondo, los problemas cotidianos de la Rusia revolucionaria manifestaban su inquietud, a partir del desequilibrio de las relaciones económicas entre el campo y la ciudad. Pero el problema más importante era que, no obstante la expectativa, no aparecían signos de revolución proletaria en los países más industrializados del mundo, que garantizaran la presencia de los obreros avanzados en la columna vertebral de la revolución mundial.

La apuesta hecha a la espera era razonable como elemento táctico, más si se veía como solución determinante en la construcción de un país socialista, cuya característica más sobresaliente era la debilidad y agotamiento de su movimiento obrero, y el crecimiento de los pequeños propietarios en el campo.

Naturalmente, todos estos fenómenos se expresaban en los organismos del partido bolchevique. La burocracia crecía como un cáncer, manifestando en sus determinaciones el avance de la ideología pequeñoburguesa y, en definitiva, la nueva situación de las relaciones entre las clases sociales.

En este contexto, la preocupación de Lenin era objetiva, clara: la dirección bolchevique abandonaba los principios de la democracia obrera, para involucrarse en el pensamiento atrasado y burocrático de la pequeñoburguesía y los campesinos ricos.

La nueva situación requería de alianzas con los dirigentes que coincidieran con esta apreciación y, fundamentalmente, que estuvieran dispuestos a dar la lucha en contra de la dirección liderada por Stalin.

 

Un juicio determinante

 

Por esto, El testamento de Lenin es diáfano en explicar la profundidad de la preocupación del máximo dirigente bolchevique. Él mismo, como luego lo explica Trotsky en sus comentarios a este documento, veía en la dirección de Stalin, Kamenev y Zinoviev la explicación de la lentitud del socialismo en Rusia y el peligro del restablecimiento del capitalismo.

Sus comentarios son elocuentes: Stalin concentra un poder inmenso, colosal, pero no ha demostrado saber hacer buen uso de él. Es patente su incapacidad. Hay que retirarlo.

El balance que hace de los demás miembros de la plana mayor, habla de sus limitaciones, de su falta de carácter y aún de sus ausencias como marxistas.

Ya habían pasado muchos años para entender las características de cada uno de ellos, pero, en ese momento, no era posible enmendar los problemas con los métodos de ayer, porque se estaba dirigiendo un país, en la perspectiva de desarrollar la revolución mundial.

Bajo esta situación, la esperanza en la corriente obrera, de la que Trotsky era uno de los miembros más destacados, justificaba lo mejor de los razonamientos de Lenin y el apoyo tácito para su promoción.

 

El partido leninista y la IV Internacional

 

Los jóvenes revolucionarios de hoy tienen derecho a saber, desde un principio, el carácter de la escisión en el partido bolchevique y las fuerzas sociales involucradas en ella.

Las secuelas de las traiciones de Stalin desalentaron a muchos compañeros, hasta alejarlos de la actividad militante, víctimas de la desmoralización o el cansancio, y esto sin olvidar a los que fueron asesinados. Aún hoy, no obstante la amplitud de la documentación que explica con claridad las características de los sectores sociales enfrentados, hasta darle el poder en Rusia a corrientes con una ideología ajena al movimiento obrero, los nuevos militantes desean consultar las fuentes que expliquen, con precisión y en su intimidad, los intríngulis de aquella coyuntura, definitoria para los movimientos revolucionarios en el mundo del siguiente periodo.

El esfuerzo editorial de la Unión de la Clase Trabajadora y el Partido Obrero Socialista, pretende corresponder a las inquietudes e iniciativas de la militancia joven que desee ampliar su perspectiva con el conocimiento de la historia del partido bolchevique. Aquí, en El testamento de Lenin, encontrarán serias razones para avanzar en sus vectores de investigación, pues este documento, aún en su brevedad, es una sutil sugerencia que nos indica que no es un buen marxista revolucionario quien no analiza a partir de las relaciones entre las clases, que la burocracia nada tiene que ver con las tradiciones obreras y que la democracia proletaria es el único planteamiento principista que garantiza la salud del partido y la revolución.

Los estalinistas de hoy, en su tragedia ideológica y orgánica, están inoculados para entender estos sabios planteamientos teóricos y programáticos, pues siguen preocupados en hacer del oportunismo su método esencial. Sin embargo, los revolucionarios que persisten en la construcción del partido mundial de los trabajadores, sabrán reconocerse en El testamento de Lenin y se ubicarán con facilidad en las notas críticas con que Trotsky complementa este documento toral, trascendente, hasta lograr la siguiente conclusión: la IV Internacional es la única tradición obrera revolucionaria que reivindica al leninismo en su teoría y método revolucionario.

 

*El testamento de Lenin. (Análisis y crítica por León Trotsky). Coedición de la Unión de la Clase Trabajadora y el Partido Obrero Socialista. México, D.F., agosto de 2001. 120pp.