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La economía de EU y el mundo ya estaba gravemente enferma

Por Francisco Cruz Retama

El martes 11 de septiembre Milenio Diario publicó una nota en la que consignaba declaraciones de funcionarios del Fondo Monetario Internacional (FMI) y de los bancos centrales de algunas de las principales potencias económicas del mundo.

El FMI ajustaba a la baja su expectativa de crecimiento para la economía mundial , para ubicarla en 2.7 por ciento para el 2001. Anteriormente, en mayo de este año su pronóstico era de 3.2 por ciento.

Sin embargo, los funcionarios de la cúpula financiera mundial eran optimistas sobre la recuperación de la economía global y, particularmente, de la de Estados Unidos. Para Horst Koehler, director general del FMI, la economía internacional se recuperaría en 2002, mientras que la estadounidense conseguiría repuntar este mismo 2001. Los funcionarios de los bancos centrales de Estados Unidos, Holanda, Alemania, Inglaterra, Suiza, Suecia, Canadá y Bélgica compartieron el optimismo de Koehler.

Meses antes del atentado en Estados Unidos, la mayor economía del mundo y el resto de las economías nacionales resentía los efectos de la recesión. Cientos de miles de despidos habían sido anunciados. El 26 de julio Hewlwtt-Pakard (HP) Alcatel y JDS Uniphase anunciaron su intención de despedir a 40 mil 700 trabajadores. HP es el segundo mayor fabricante de computadoras en Estados Unidos; la francesa Alcatel es una de las principales empresas de telecomunicaciones en el mundo; JDS Uniphase, con sede en Canadá, es el mayor proveedor de componentes de fibra óptica del planeta.

No se trata de empresas cualesquiera. De hecho son símbolos de las principales ramas de la industria y los circuitos financieros predominantes en la actual economía global.

Al segundo trimestre del año la economía estadounidense había crecido apenas 0.2 por ciento. El índice de la Confianza de los Consumidores se encontraba en su nivel más bajo de los últimos 8 años y medio.

El 11 de septiembre, un infarto para la economía mundial

La economía mundial sobrevivió al infarto de los atentados terroristas en Estados Unidos, pero acusa serios daños. El atentado del 11 de septiembre golpeó dramáticamente al símbolo del poderío económico, no sólo porque destruyó por completo las torres gemelas del World Trade Center o porque acabó con la vida de cientos de empleados muy calificados dedicados a asesorar y manejar eficientemente los aspectos técnicos y administrativos de poderosas empresas financieras en el mundo. El mayor golpe ha tenido que ver con el oscurecimiento del panorama para la economía de Estados Unidos y del mundo. Para muchos analistas la recesión iniciada en el segundo trimestre del año se agudizará y tendrá una expansión mayor. Marco Provencio, economista y consultor de empresas escribió en su columna del 19 de septiembre "los trágicos y condenables ataques a Occidente entero no serán la causa de la recesión mundial que se avecina. Serán sólo una gran gota que desparrame un vaso de por sí bastante lleno."

A los optimistas del FMI y los bancos centrales imperialistas el ataque les tiró a la basura sus previsiones. Alan Greenspan, presidente de le Reserva Federal Estadounidense, dijo ante congresistas de su país que la economía se "paró en seco". George W. Bush, presidente yanqui aceptó: "nuestra economía ha sufrido un impacto".

Y no es para menos. Los devastadores efectos de los antentados terroristas contra la gran potencia se sintieron de inmediato. El sistema financiero estadounidense se paralizó por completo apenas se supo de la tragedia, y permaneció así durante cuatro días hábiles. Otros mercados bursátiles muy próximos al yanqui, entre ellos el mexicano y los del resto de los países latinoamericanos, también detuvieron sus operaciones. El sistema financiero mundial entró en shock, provocándose enormes pérdidas para las empresas que controlan la economía mundial y las economías nacionales.

La bolsa de Tokio, Japón, perdió en la jornada del 11 de septiembre 6.57 por ciento. Las principales bolsas de valores europeas cerraron sus operaciones del martes negro con una caída promedio de 6.54 por ciento. En Alemania el índice Dax 30 cayó 8.49 puntos porcentuales.

La Bolsa Mexicana de Valores apenas una hora y 42 minutos después de su apertura perdió 5.55 por ciento.

La incertidumbre y la posibilidad de que nuevamente el medio oriente se viera implicado en este ataque y una eventual conflagración elevó los precios petroleros hasta los 31 dólares por barril, que fue el precio que alcanzó la mezcla Brent.

El martes negro fue trágico para los emporios capitalistas que controlan al mundo. A la angustia, el terror y a ese sentimiento de vulnerabilidad en el seno del imperio se sumó la incertidumbre sobre el futuro económico que ya de por sí era bastante gris.

Negros nubarrones en el horizonte

En general, la reacción de los analistas y los operadores del imperialismo ha sido pesimista. La mayoría no se aventuran a hacer pronósticos de largo alcance. Lo cierto es que al pasar los días se siguen acumulando pérdidas cuantiosas y graves daños en prácticamente todo tipo de empresas.

El 17 de septiembre reabrió sus operaciones la bolsa de valores estadounidense. Los expertos de diversas consultorías esperaban una caída en los principales indicadores hasta del 14 por ciento. Al final del día la disminución llegó a 7.13 por ciento en el índice Dow Jones y 6.83 en el índice Nasdaq. En suma, los inversores que cotizan en ambos mercados retiraron 590 mil 600 millones de dólares.

El Dow Jones perdió 684.33, la caída en puntos más alta de su historia. En términos porcentuales fue el mayor descalabro en tres años.

Sólo fue posible impedir una mayor caída en estos primeros días gracias a una inyección de 35 mil millones de dólares por la Reserva Federal. Alan Greenspan, delineó la táctica a seguir para el sistema financiero mundial. Los principales bancos centrales repitieron la operación de inyección de recursos estratosféricos para hacer frente a los retiros masivos de dinero que llevarían a cabo los empresarios presas del pánico. En total fueron más de 120 mil millones de dólares de blindaje financiero.

Greenspan logró evitar con esta medida excepcional la quiebra masiva de empresas que no hubieran podido hacer frente a los retiros masivos de dinero en efectivo. Las autoridades económicas estadounidenses han impreso grandes sumas de dinero en efectivo que no tiene respaldo en la producción o en metales como el oro o la plata. Para el caso de la economía mexicana se ha calculado que esta burbuja especulativa alcanza el 40 por ciento del valor de las acciones que se comercian en la bolsa.

Sin embargo, a la larga no han podido contener nuevos golpes a la economía. A casi dos semanas de los atentados el Dow Jones había caído más de 13 por ciento y 29 por ciento debajo de su máximo histórico.

La bolsa mexicana perdió en este mismo período lo que había ganado durante el 2001, alrededor de 15 por ciento.

A diez días de la tragedia se calculaban pérdidas por un billón 200 mil dólares.

En las empresas aeronáuticas y de seguros se vivió la caída libre en el valor de las acciones; en promedio de 30 por ciento. Hacia el jueves 20, el precio de las acciones de U. S. Airgroup cayó 91 por ciento respecto del precio más alto alcanzado en los últimos 12 meses. Continental Airlines, cuyas acciones alcanzaron el precio más alto del ramo en el último año, sufrió una disminución de 76 por ciento. Esta empresa se declaró en quiebra a raíz de las pérdidas sufridas por el atentado.

El consumo se ha reducido. El 25 de septiembre la Conference Board anunció que el índice de consumo en la población de Estados Unidos cayó de 114 a 97.6 puntos.

La reducción de las tasas de interés en los Estados Unidos no ha sido suficiente para reactivar la producción industrial. Una hora antes de la reapertura de la bolsa de valores en Nueva York, el banco central estadounidense anunció la reducción de las tasas de interés, para dejarlas en 3 por ciento, su nivel más bajo desde 1994. "La Fed, al adoptar esta medida hace un reconocimiento explícito del potencial daño que los acontecimientos de la semana pasada pueden llegar a causar en el consumo, lo que debe sumarse a la debilidad que ya se conocía en el empleo, la producción y el gasto en inversión, concretaría de lleno una situación recesiva en la economía".

La eventual guerra no derivaría en la recuperación económica

Desde la izquierda, algunos analistas se han apresurado a explicar los atentados diciendo que se trata de una conspiración de la propia burguesía y gobierno estadounidense. Según este razonamiento, los imperialistas habrían ocasionado la destrucción del WTC y de parte importante del pentágono, además de cerca de siete mil muertes y un shock financiero mundial, para provocar una guerra que sacara a la economía yanqui de su depresión. Con el método del determinismo histórico advierten estos analistas que ya ocurrió así en ambas guerras mundiales, que las dos conflagraciones sacaron a la economía mundial de su profunda crisis.

Está por verse todavía el alcance de la guerra declarada por Bush. El paralelo que se hace de esta con las dos guerras mundiales no tiene lugar. El enemigo a la vista, Afganistán, es incomparablemente más débil que la alianza de los imperios fascistas alemán, italiano y japonés. Por ningún lado se ven otros estados nacionales que estén dispuestos a unirse con los afganos para enfrentar a Estados Unidos y sus acompañantes en esta aventura militar. ¿Decenas o cientos de aviones bombarderos y cazas serán destruidos? ¿Cientos de misiles serán disparados contra territorio afgano? ¿Habrá que reponer una cantidad enorme de pertrechos militares que usarían en esta guerra? ¿Se justificará realmente el uso de los 40 mil millones de dólares autorizados por el congreso estadounidense para que Bush haga la guerra?

Se menosprecia la caída del valor de las acciones de empresas aeronáuticas. Pero su relación con la industria militar es estrecha. Los datos del mercado de valores estadounidense pueden servir para advertir el futuro económico. Las acciones de las grandes empresas aeronáuticas Boeing Co., B. F. Goodrich Co., General Electric Co., Lockheed Martin Corp., Honeywell International Inc., General Dinamics se han desplomado, a pesar de que sus productos surten a la industria militar, que presuntamente estaría viviendo un vertiginoso ascenso. La caída del precio de sus acciones alcanzó hasta el 59.1 por ciento, que fue el caso de B. F. Goodrich.

El otro aspecto que debe considerarse para prever si la guerra realmente podrá reactivar la economía es el peso del sector militar en el Producto Interno Bruto estadounidense. Recientemente su participación había caído a poco más del 3 por ciento.

Finalmente no puede dejar de considerarse que la industria militar es víctima de la misma dinámica capitalista que ocasiona la inevitable caída en la tasa media de ganancia. La elevada composición orgánica de capital, el enorme incremento de la automatización de la industria militar limita las posibilidades de este sector para servir de motor de un nuevo período de crecimiento económico.

La cuenta de la guerra la pagaran los trabajadores

De entrada, el blindaje financiero impuesto por la Reserva Federal y los bancos centrales serán cargados a la cuenta de la arcas públicas. El costo fiscal del blindaje lo pagarán los trabajadores estadounidenses y de los otros países imperialistas a través de sus impuestos, así como los trabajadores de los países subdesarrollados a través del pago de la deuda externa y, en general, de una mayor explotación de su fuerza de trabajo.

En México, el gobierno de Vicente Fox, incondicional aliado de Bush, anunció que el gabinete económico prepara medias de emergencia para paliar los efectos de la crisis, que ocasionaría el posible conflicto bélico. Se advierte sobre la aprobación de la reforma fiscal que incrementaría el pago del Impuesto al Valor Agregado e impondría gravámenes a las prestaciones contractuales que cobran los trabajadores. También se anunció que los salarios no aumentarán en términos reales. Ernesto Sojo, coordinador de Políticas Públicas de la Presidencia de la República, también anunció su disposición a "promover la estabilidad en el mercado petrolero", es decir, de incrementar su producción para contribuir a mantener bajo el precio del energético. Una de las principales preocupaciones en la administración Bush es que con la guerra se incrementen considerablemente los petroprecios y se profundice la recesión en su economía. Sojo también promete avanzar en las reformas estructurales: la privatización del sector energético y la contrarreforma de la legislación laboral.